–Para siempre
Hola amorcitos míos. Este cuento se titula "Para siempre". Está escrito por Camino García e ilustrado por Marco Recuero.
A veces las personas se van para siempre. Cuando en mi familia ocurrió por primera vez, en mi casa me dijeron que cuando alguien se va para siempre se convierte en una estrella. Después, en el
La directora, cuando entré en clase cuchicheó a mi profesora cosas acerca de algo que yo había perdido y las dos me miraron con una sonrisa triste. A veces, las personas se van para siempre y los demás te dan explicaciones muy diferentes.
He tenido varias mascotas y cuando se fueron para siempre, ninguna se convirtió en una estrella ni se quedó dormida para siempre. No oí hablar de un viaje muy largo ni de haber perdido nada. La oruga que metí en una caja, el caracol que llegó a casa en una lechuga, el pajarito Fernando él hámster Pepo, el pez al que no tuve tiempo de ponerle un nombre... Simplemente se habían muerto, eso me dijeron. Y me dejaron llorar y hablar de ellos, de su muerte y de mi pena. Y aunque no se habló de estrellas, sueños interminables, viajes largos ni extravíos, comprendí lo que todas esas cosas significaban y reconocí que son formas bonitas de decirte que una persona o animal que quieres ya no está. Ya no estaban y necesitaba llorar.
A veces las personas se van para siempre y sientes mucha pena. Y te das cuenta de que cada uno tiene una pena diferente, aunque a todos les haya pasado lo mismo. Hay personas que no lloran, aunque ves que están muy tristes y por eso sabes que también tienen dentro algo que duele. Para mí, la pena al principio era algo invisible y no entendía cómo algo invisible podía doler tanto ni cómo podía hacer que todo lo demás ya no importara. Entonces, la imaginé como una cosa que se pudiera ver. Imaginé para ella un tamaño, una forma, un color, un peso, una textura, un olor. Y dejó de ser invisible. Tenía el tamaño de una duna, pero era redonda y abollada como una bola de plastilina grande, su color era como el que tienen las cosas por la noche cuando todavía hay un poquito de luz. Aunque en su superficie no había pinchos, sabías que hacía daño. No tenía ningún olor. Sobre todo, pesaba. Imposible conseguir que aquella cosa se fuera, era demasiado grande y pesada y no estaba dispuesta a irse.
Pensé que si se iba a quedar, algo tendría que hacer con ella. Hice lo mismo con la felicidad, me concentré en la última vez que había sido muy feliz. Por fuera, la cosa que resultó era muy diferente del anterior. Supe muy bien lo que tenía dentro. Descubrí además que tenía sabor, sabor dulce, pero sobre todo era muy ligera. Hubiera sido muy fácil conseguir que se fuera, quizá por eso había desaparecido tan rápidamente, aunque no se lo pedí, se fue enseguida. Volví a mirar aquella cosa pesada y grande que no se iba. Aunque supe que sabía como el jarabe que menos me gustaba, quise ver qué tenía dentro, de qué estaba hecha para que pesara tanto. Me sorprendió. Sobre todo, tenía cosas buenas, muy buenas, tiernas. Pero cosas que sabía que no volverían a ocurrir con quien tanto echaba de menos. Comprendí que era normal que aquella cosa estuviera conmigo y mi pena dejó de asustarme tanto.
Pero también había una pregunta para la que necesitaba una respuesta. A veces, las personas se van para siempre y nadie sabe decirte dónde están. Y necesitas encontrarles un sitio nuevo en el que puedan estar. Un sitio que no sea tan lejano como las estrellas y no tener la sensación de haber perdido algo del todo. Y piensas que quizás puedan estar en el mismo lugar en el que estuvimos antes de nacer que, aunque no lo recuerdo, no me parece un sitio triste. Pero también siguen estando en tu cabeza cuando cierras los ojos y los recuerdas como eran. En las fotografías en las que los niños siempre somos más pequeños y los mayores son más jóvenes. En el olor de los sitios a los que ibas con esas personas y en el de algunas cosas. Siguen estando contigo y en ti de muchas formas. Y cada vez sientes menos pena, a pesar de que no los olvidas.
A veces, las personas se van para siempre porque ese es el ciclo de la vida. En ocasiones miro a mi profesora, aunque la verdad mientras tanto estoy pensando en otra cosa. Eso debió de pasar cuando explicó el ciclo de la vida un día, pero es que hay cosas de las que te hablan a las que de momento no les encuentras para qué sirve saberlas. Solo recuerdo que nos dijo que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Mueren. Era muy fácil. Eso me pareció. Ahora creo que no lo es tanto y que deberían de explicarnos más cosas.
Si yo tuviera que explicarlo, lo haría más o menos así: la vida es también algo invisible. Todo el mundo suele estar muy feliz cuando los niños y las niñas nacen. Durante nuestra existencia nos ocurren muchas, muchísimas cosas buenas. Conocemos a nuestros amigos, queremos y nos quieren, nos hacemos mayores y podemos hacer más cosas, seguimos haciéndonos mayores y hacemos todavía cosas más diferentes. Pero a veces, también ocurren en algunas cosas que no nos gustan, como que alguien se vaya para siempre y entonces sentimos pena. Aunque no nos gustan, pasan de todas formas y normalmente acabamos aceptándolas. Aunque las aceptemos seguirán sin gustarnos. No es obligatorio que nos gusten. Tampoco es obligatorio que las aceptemos, pero siempre es mejor porque por no aceptarlas no van a desaparecer. Aceptar es como decir «no me gusta y nunca me gustará lo que ha pasado, pero ha pasado y es una cosa a la que habrá que acostumbrarse».
Todo el mundo suele estar muy triste cuando alguien se va para siempre. Pero no podríamos vivir en un planeta lleno de personas dormidas para siempre. Así que regresan al mismo lugar del que hemos venido, que aunque no lo recuerdo, no me parece un sitio triste.
La vida está llena de cosas invisibles y visibles que importan mucho. Siguen estando ahí, aunque a veces tengamos mucha pena y por eso no podemos verlas. Un día, las empezamos a ver otra vez y otra vez nos importan y otra vez nos hacen felices, aunque no olvidemos que a veces las personas se van para siempre porque ese es el ciclo de la vida. Pero nunca se van del todo, porque aquello que nos han dado es nuestro para siempre.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado y colorín colorete, por la chimenea sale un cohete. Espero que os haya gustado mucho, un besito enorme
EL PATO Y LA MUERTE
Desde hacía tiempo, el pato notaba algo extraño.
- ¿Cuá, quién eres? ¿Por qué me sigues tan de cerca?
- Me alegro de que por fin me hayas visto, soy la Muerte.
- Cuá, ¿ya vienes a buscarme?
- He estado cerca de ti desde el día en que naciste, por si acaso.
- ¿Por si acaso?
- Sí, por si te pasaba algo, un resfriado serio, un accidente. Nunca se sabe.
- ¿Ahora te encargas de eso?
- De los accidentes se encarga la vida. De los resfriados y del resto de las cosas que os pueden pasar a los patos de vez en cuando, también. Solo diré una: el zorro.
La Muerte le sonrió con dulzura. Si no se tenía en cuenta quién era, hasta resultaba simpática, incluso más qué simpática.
- ¿Cuac? ¿Te apetece ir al estanque?
Después de un rato, la Muerte tuvo que admitir que su pasión por zambullirse tenía límites.
- Perdóname, por favor, necesito salir de este lugar tan húmedo.
- ¿Cuac tienes frío? ¿Quieres que te caliente?
Nunca nadie se había ofrecido a hacer algo así por ella.
A la mañana siguiente, muy temprano, el pato fue el primero en despertarse.
- No he muerto. ¡Cuac! ¡No he muerto!
- Me alegro por ti.
- ¿Y si me hubiera muerto?
- Entonces no habría podido descansar tan bien.
- Esa respuesta no ha sido nada simpática -pensó el pato.
- ¡Cuac! Algunos patos dicen que te conviertes en alguien, te sientas en una nube y desde ahí puedes mirar la Tierra.
- Es posible, pero de todas maneras tú ya tienes alas.
- ¡Cuac! Algunos patos también dicen que en las profundidades de la Tierra hay un infierno en el que te asan si no fuiste un pato bueno.
- Es asombroso todo lo que se cuenta entre los patos, pero quién sabe.
- Entonces, ¿tú tampoco lo sabes?
La muerte solo le miró.
- ¿Qué haremos hoy? Hoy no iremos al estanque. Qué te parece si hacemos algo verdaderamente emocionante, cuac.
- ¿Subirnos a un árbol?
El estanque se veía muy, muy abajo, ahí estaba tan silencioso y solitario.
- Así que esto es lo que pasará cuando muera. El estanque quedará desierto sin mí.
- Cuando estés muerto, el estanque también desaparecerá, al menos para ti.
- ¿Estás segura?
- Tan segura como seguros estamos de lo que sabemos.
- Me consuela, así no podré echarlo de menos cuando...
- Hayas muerto.
- ¿Por qué no bajamos? -le pidió el pato un poco después, subido en los árboles se piensan cosas muy extrañas.
Durante las siguientes semanas fueron cada vez menos al estanque.
Se quedaban sentados en cualquier lugar que tuviera hierba. Casi no hablaban.
Hasta que un día, una ráfaga de aire fresco despeinó las plumas del pato, y este sintió frío por primera vez.
- Uh, uhh, tengo frío... ¿Te importaría calentarme un poco? ¿Cuac?
La nieve caía, los copos eran tan finos que se quedaban suspendidos en el aire.
Algo había ocurrido. La Muerte miró al pato. Había dejado de respirar, se había quedado muy quieto. Lo acarició para colocar un par de plumas ligeramente alborotadas. Lo cogió en brazos y se lo llevó al gran río.
Lo acostó con mucho cuidado sobre el agua y le dio un suave empujoncito, se quedó mucho tiempo mirando cómo se alejaba.
Cuando le perdió de vista la Muerte se sintió incluso un poco triste. Pero así era la vida
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